lunes, 1 de octubre de 2018

Aspiradores de tristeza



Aspiradores de tristeza


Puede que alguna vez te haya deslumbrado la oscuridad;
puede, que la luz más deslumbrante cegara tus pasos.
Puede que hayas secado tus lágrimas en atardeceres de agua y sal;
puede que levantes los pies para que el mundo gire sobre ti.
Pueden tantas cosas que todas pueden contigo.

Ángeles a los que el cielo dejó escapar,
aspiradores de la tristeza del mundo.
Dispuestos a recoger las cenizas,
a mostrar su alma en un catálogo
a entregarla en una bandeja.

Porque puede, sólo puede, que seas uno de ellos.
Dichoso y desdichado.

Tú que vives las cuatro estaciones en un instante,
acoges al mar en tus manos para ver como se escapa de nuevo.
Y sonríes a su llegada y lloras al sentir su vuelo,
pero te vuelves a poner, una otra vez, en el mismo sitio.
En ese lugar, donde los toros hieren, donde te sientes vivo.

Oaransan


miércoles, 15 de agosto de 2018

Lluvia de estrellas


LLUVIA DE ESTRELLAS





Lo sé.

Lo que fui,

lo que seré;

lo sé.

¿Lo que soy?

Dímelo.

Si lo sabes,

dímelo.

               

                Fue entonces cuando comenzó a caminar, abrió los brazos y aspiró todo el aire que cabía en sus pulmones.  Sintió la vida golpear sus tobillos y se asustó de sus propias manos al tocar su frente. En sus oídos, una y otra vez: "... que ningún juez reclame mi inocencia".

                Unos cuantos miles de pasos más tarde tomó asiento. El mismo banco, la misma noche, las mismas hormigas, una y otra vez, recorriendo su cuerpo. Miró hacia el cielo y sólo vio las hojas, ahora más secas, del mismo árbol, de la misma noche, fría, cálida, seca, mojada; a veces, templada. Cerró los ojos, volvió a abrirlos; varias veces, hasta que las hojas que no le permitían ver el cielo se convirtieron en una emocionante lluvia de estrellas.    

Oaransan

sábado, 19 de mayo de 2018

Atormentados iluminados


Afortunados, desdichados.
Malditos, casi siempre;
Amor y Dolor, Edvard Munch
Dioses del instante,
Dioses sin altares;
Dioses de carne y hueso,
Dioses, en carne viva;
Dioses coronados de espinas.


Atormentados, cansados, esquivos;
sorprendidos, deslumbrados, sobrecogidos.


Sedientos, saturados.
Cansados, casi siempre;
Mortales que anhelan la muerte,
Mortales que aman la vida;
Mortales que temen la muerte,
Mortales, que confían en la vida;
Mortales rebosantes de luz.


Iluminados, radiantes, bienaventurados;
incomprendidos, mártires, moribundos.

Oaransan

sábado, 3 de febrero de 2018

Ángeles desbrujulados






Ángeles desbrujulados

Mujer con alas, de Adam Deda

Caminan junto a ti, 
justo a tu lado
sin saber adónde van
sin saber de dónde vienen.

Se contagian, te contagian;
se duelen y te duelen,
se dañan y te hieren;
te cantan al oído.

Ángeles perdidos, desubicados;
ángeles caídos, huidos;
ángeles cobardes, ángeles valientes
ángeles, sin saberlo; sin quererlo.

Te guían, te siguen; los persigues
y te tocan; te rozan y acarician.
Y se rebelan ante la muerte
y te revelan la vida.

Sin saberlo, sin quererlo,
caminan junto a ti.
Ángeles, sin saberlo; sin quererlo.
Ángeles que te cantan al oído. 


Óscar Oaransan






viernes, 7 de abril de 2017

Para Emiliana




Para Emiliana, mi abuela, nuestro precioso ángel de la guarda.      

     Naciste de nuevo, un 3 de abril de 2017. No en un lugar concreto, fue en todos y cada uno de los corazones que hoy laten por ti, aquellos a los que llenaste del amor más generoso que conocí. Aquellos en los que ahora vivirás, porque en ellos dejaste amor para dar y para regalar. Te mantendremos entre algodones, como tú lo hiciste siempre, con la fuerza que una leona defiende a sus crías y la dulzura con la que cae el pétalo de la rosa.

     Te echaré de menos, mucho, pero seguiré adelante, enseñando a mis hijos los valores que tú enseñaste a tu hija, mi madre, y ella me muestra cada día; en una perfecta intersección entre tú y todos nosotros. Para que siempre pueda seguir presumiendo y sintiéndome un privilegiado por haber sido tu nieto, tu primer nieto.

El niño de tus ojos.





sábado, 11 de febrero de 2017

El mayor regalo

No debe estar triste quien en sus manos porta el fuego como regalo.

No debe estar triste quien al mirar de frente, extender los brazos y bajar la mirada comprueba que el viento apagó la llama.

No debe estar triste quien porta la llama.

No debe estar triste.


Óscar Oaransan

jueves, 8 de diciembre de 2016

Adicción a la tristeza


ADICCIÓN A LA TRISTEZA

Mi nombre es Nerea y soy adicta, a la tristeza. La bebo a sorbos cada noche, la esnifo cada mañana y me la inyecto en vena todos y cada uno de los días de mi vida. Soy adicta, sí; lo reconozco. Pero ahora puedo decirlo en voz alta ante todos y cada uno de vosotros. Creí ser adicta al alcohol, a la nicotina y a otras sustancias, pero pronto descubrí mi afición por los recuerdos, la nostalgia, el volver a andar los pasos ya andados. Y, con todo ello, lo entendí, mi adición, a la tristeza.

sábado, 12 de noviembre de 2016

Miedo

Me adentré cada noche en los lugares más recónditos. Esperé paciente la campanada que anunciaba la salida de los monstruos.

Fingí estar dormido para contemplar sus afiliados dientes, sus aterradoras garras, sus miradas inquisidores, amenazantes.

Miré a todos esos monstruos de frente, los vi la cara, los quité la sábana y seguí haciéndome el dormido en cada visita, en cada cita, en cada noche.

Y vi sus colmillos mellados y sus garras débiles e indefensas. Abrí la ventana y la noche salió de mi habitación y dejó paso a un nuevo amanecer, una nueva luz, un nuevo día.

Y fue entonces cuando una frase resonó en mi mente. Ya, no, tengo: miedo.

jueves, 4 de agosto de 2016

Su último suspiro

Llegué a mi último adiós con una gota de vida. Emprendí el rumbo reparando en un reducido número de personas. Cada uno de ellos arrojó una imagen, una fotografía, una instantánea que resumía mi vida en su vida. Mi pensamiento escribió un pie de foto en cada una de ellas. Al llegar a ellos brotaron dos palabras: "Mi vida". Después, busqué a quien bebiera mi último aliento y me hiciera perder el miedo a la muerte. Y allí, como siempre, me esperaba ella, dispuesta a entregar a cambio de nada aquello que no le pidiera pero siempre adivinaba. 

sábado, 18 de julio de 2015

Nerea, el viaje a ninguna parte.

Nerea, el viaje a ninguna parte.


- ¿Puede alguien decirme dónde está el libro de reclamaciones?

- ¡Qué estás diciendo!

- En todos los vagones que he conocido había una palanca para frenar el tren en casos extremos. También en los autobuses, un pequeño martillo al lado de una de las lunas en cuyo cristal indica donde golpear en caso de emergencia.

- No digas tonterías.

- En serio, ¿dónde está el puto libro de reclamaciones?

- Creo que sé por donde vas.

- ¿Quieres decir que no puedo bajarme de un mundo que no está hecho para mí?

- No sin arrastrar al resto de los viajeros del tren.

- Pues, no sólo no tengo a donde ir; es que ni puedo ni quiero ir a ninguna parte.

Óscar Aranda Sánchez

NEREA, EL CORTEJO FÚNEBRE

NEREA, EL CORTEJO FÚNEBRE

El cortejo avanzaba lentamente. Tras él, un puñado de almas aún ataviadas en sus cuerpos arrastraban
sus pies por el asfalto. Al fondo, los cipreses asomaban tras la tapia del cementerio intentando averiguar quién sería su próximo inquilino. El silencio roto por el sonido ambiente del motor del coche fúnebre al ralentí y una voz, en primer plano, rota, desgarrada, brotaba de los más profundo de su alma. Repetía, una y otra vez: "Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa".

De pronto, una nueva voz, casi un susurro en mis oídos de sobra conocido se interpuso en la escena:

- ¿Me recuerdas?

Me detuve, giré la cabeza y contesté:

- ¡Cómo podría olvidarte!

Me miró fijamente y de nuevo preguntó:

- ¿En qué piensas?

Esta vez fui yo quien, con la mirada fija en sus ojos; con tono firme, respondí:

- En por qué sentimos pena de los muertos que se mueren porque se quieren morir.



Óscar Aranda Sánchez


Nerea, en medio de la nada.


En medio de la nada

El autobús paró, en medio de la nada, a eso de las cuatro de la mañana. Lentamente, bajaron cada uno de los pasajeros que se dirigían, sigilosos como sombras, hacia la estación de servicio. Seguí sus pasos y me adentré en un salón inmenso. Temí que el umbral de la puerta fuera una máquina del tiempo.

El salón estaba lleno de vida, los  clientes charlaban de manera animada con los camareros del local. Las máquinas de juego, repartidas por toda la estancia, intentaban captar la atención de los presentes con luces de todos los colores y sonidos estridentes. Nada indicaba que en ese lugar fueran las cuatro de la madrugada. Pedí una botella de agua y salí a la calle. Cerca, unos bancos y mesas de madera apenas alumbrados por la luz de la luna me aguardaban con la tranquilidad que necesitaba. Tomé asiento y miré al horizonte, no había nada. Giré la cabeza, a derecha y a izquierda y, nada, ni una sola luz artificial, nada reconocible en bastantes kilómetros a la redonda. Y allí, en medio de la nada, alejado de todas las fuerzas que, equilibradas, me atraen y repelen como imanes, sentí esa extraña sensación de paz. (...)

Nerea

Óscar Aranda Sánchez

miércoles, 15 de julio de 2015

Nerea

"Me vi obligado a pensar que mi vida tenía menos importancia de la que sentí... y, simplemente, me senté a verla pasar".

Darío

sábado, 13 de junio de 2015

Trenes encontrados

Lo supe desde el mismo momento que tomó asiento. Fue esa mirada, inconfundible, la que me reveló su presencia.

Se sentó enfrente en el mismo momento que el vagón cerraba sus puertas. Los nervios deberían haberse apoderado de mí pero, lejos de eso; sentí, una vez más, esa inmensa sensación de paz. Ella no me reconoció, impedí que lo hiciera.  

Habían pasado 30 años desde aquel día en el que ambos fuimos Trenes Perdidos que se cruzaron en sentido contrario. Por unos minutos, no más de tres estaciones, volvimos a ser lo que realmente somos: trenes encontrados.

viernes, 20 de marzo de 2015

Nerea

Y, ahora sí, os presento a Nerea. Ella es alguien muy especial para mí. Poco a poco la iréis conociendo. Me está haciendo perder la cabeza, pero sé que merecerá la pena.

NEREA:

Lo sé todo sobre ti. Hoy cumplo 22 años, cuatro meses y un día, exactamente la edad con la que te marchaste; la edad que he cumplido gracias a ti.

Nerea Mateo, 17 de octubre de 2014.

La primera página de un diario:

Descubrí su diario por casualidad, en uno de esos veranos de incontables lunas llenas, sábanas mojadas y secretos al oído sobre sillas de esparto. ¿Por qué mamá nunca me habló de él? Entre ella y yo nunca hubo secretos. Un nombre, junto a un apellido, ocupaban por completo la primera página del diario: Darío Taci… Me descubrí a mí misma pronunciando varias veces esas dos palabras. Quizás fuera su sonoridad, pero lo cierto es que un escalofrío recorrió mi cuerpo desde el momento que mis ojos se posaron sobre estas dos palabras juntas, una tras otra, ordenadas de ese modo. Algo me hizo presagiar que ese nombre, Darío, no saldría con facilidad de mi cabeza. Tendría que pasar tiempo, mucho tiempo desde aquel primer encuentro, para comprender que aquel nombre me arrastraría a la pena que emana del lugar en el que se secan las lágrimas. Tendrían que caer sobre mis manos muchas palabras para descubrir: la Belleza.

Óscar Aranda Sánchez

La princesa que no podía soñar


LA PRINCESA QUE NO PODÍA SOÑAR

Había una vez una princesa que no podía soñar. Se llamaba Eveleen y todos los que se acercaban a ella coincidían en describirla como una luz resplandeciente. Era bella, hermosa y tenía, además, una sonrisa golosa. Sus cabellos, del color del fuego, eran largos y ondulados. Sus ojos, como las noches oscuras, brillaban como estrellas. Vivía en un Castillo, en lo alto de una montaña. Sus torres eran tan altas que el cielo parecían tocar. Eveleen vivía rodeada de todo lo que siempre quiso tener. En su mesa nunca faltaron los dulces más sabrosos: nubes de algodón, moras con sabor a chocolate y naranja rellenas de zumo de limón y así, todos los manjares que hubiera sobre la tierra. Desde todos los rincones del planeta le llegaban los vestidos más lujosos, los tejidos más suaves y las joyas más hermosas.  Eveleen sabía cantar y a todos deleitaba con su voz angelical. Sus papás, los reyes, la adoraban y siempre que la veían se miraban el uno al otro con orgullo. Eveleen era feliz, pero algo la atormentaba: no podía soñar.

Cada mañana, Eveleen escuchaba a la gente del castillo hablar de sus sueños. No podía dejar de pensar en ello. En Adela, la cocinera, a la que un día escuchó hablar de un sueño en el que el mundo era un gran bizcocho y los mares y los ríos eran de chocolate. Los árboles, enormes chupa chups y sus frutos caramelos de todos los colores y sabores. Un mundo ideal, decía, para alguien como ella. Todo el que quisiera podía pegar un buen mordisco, aseguraba Adela. Eveleen también recordaba siempre el sueño de Pablo, el hijo del guardián de la biblioteca, al que encantaban los libros. Una mañana le escuchó contar a su padre un sueño en el que un enorme ratón con unas grandes gafas de pasta le regaló un libro mágico. Todas sus páginas se escribían solas una y otra vez con sólo agitarlo. Siempre adivinaba la historia que quería escuchar y la escribía para él. Con un libro así, Pablo pensaba que sería feliz y se lo contaba a su padre con gran pasión. Y así, día tras día, Eveleen escuchaba nuevas historias, pero ella seguía sin ninguna que poder contar.

El día de su catorce cumpleaños se organizó una gran fiesta, a la que fueron invitados  los príncipes y princesas de todo el reino. Todos ellos acudieron con suculentos regalos para Eveleen: carrozas con caballos de largas crines blancas, exóticos instrumentos musicales, bibliotecas enteras de libros, collares, pendientes, pulseras y, hasta un anillo de oro blanco que un joven, el más apuesto de todos cuantos acudieron a la fiesta, había tallado para ella. Eveleen se sentía halagada y a todos mostraba su agradecimiento con su golosa sonrisa. Fue una gran fiesta, amenizada por los músicos de mayor prestigio de todo el reino. Fue un día inolvidable para Eveleen. Al llegar la noche, el cansancio se apoderó de ella. Se despidió uno a uno de todos sus invitados y corrió hasta su dormitorio. Preparó su cama con ansia y se adentró entre sus mantas. Estaba convencida de que esa noche soñaría. Eveleen se dejó vencer por el sueño y durmió plácidamente hasta bien avanzado el día siguiente. Al despertar, abrió los ojos e intentó recordar, pero no tardó en darse cuenta de que había sido un sueño vacío. Eveleen no había soñado.


Continuará... lo prometo, en cuanto conozca el final...

Óscar Aranda Sánchez

Vivimos para ejercer la vida


Para continuar, os dejo una frase de alguien a quien considero un genio, Antonio Vega:

No concibo una existencia mediocre, una existencia a medias, o sea... Existimos porque tenemos una misión muy clara que es la de ejercer la vida.
Antonio Vega.

Buscando la belleza

Tal vez fuera captando ésta u otras imágenes similares como, sin darme cuenta, comencé mi particular búsqueda de belleza constante. En aquel momento, hace unos veinte años, no fui consciente de lo que descubrí hace poco más de tres. Ese era el motivo que, sin embargo, había motivado lo que ahora soy y lo que espero continuar siendo: un rastreador de belleza en todas y cada una de sus formas que, al final, se resumen en una. El objetivo de este espacio es compartir con todos los que hasta aquí habéis llegado mi lado más íntimo y personal. Gracias, de antemano.

Óscar Aranda Sánchez