sábado, 18 de julio de 2015

Nerea, el viaje a ninguna parte.

Nerea, el viaje a ninguna parte.


- ¿Puede alguien decirme dónde está el libro de reclamaciones?

- ¡Qué estás diciendo!

- En todos los vagones que he conocido había una palanca para frenar el tren en casos extremos. También en los autobuses, un pequeño martillo al lado de una de las lunas en cuyo cristal indica donde golpear en caso de emergencia.

- No digas tonterías.

- En serio, ¿dónde está el puto libro de reclamaciones?

- Creo que sé por donde vas.

- ¿Quieres decir que no puedo bajarme de un mundo que no está hecho para mí?

- No sin arrastrar al resto de los viajeros del tren.

- Pues, no sólo no tengo a donde ir; es que ni puedo ni quiero ir a ninguna parte.

Óscar Aranda Sánchez

NEREA, EL CORTEJO FÚNEBRE

NEREA, EL CORTEJO FÚNEBRE

El cortejo avanzaba lentamente. Tras él, un puñado de almas aún ataviadas en sus cuerpos arrastraban
sus pies por el asfalto. Al fondo, los cipreses asomaban tras la tapia del cementerio intentando averiguar quién sería su próximo inquilino. El silencio roto por el sonido ambiente del motor del coche fúnebre al ralentí y una voz, en primer plano, rota, desgarrada, brotaba de los más profundo de su alma. Repetía, una y otra vez: "Por mi culpa, por mi culpa, por mi gran culpa".

De pronto, una nueva voz, casi un susurro en mis oídos de sobra conocido se interpuso en la escena:

- ¿Me recuerdas?

Me detuve, giré la cabeza y contesté:

- ¡Cómo podría olvidarte!

Me miró fijamente y de nuevo preguntó:

- ¿En qué piensas?

Esta vez fui yo quien, con la mirada fija en sus ojos; con tono firme, respondí:

- En por qué sentimos pena de los muertos que se mueren porque se quieren morir.



Óscar Aranda Sánchez


Nerea, en medio de la nada.


En medio de la nada

El autobús paró, en medio de la nada, a eso de las cuatro de la mañana. Lentamente, bajaron cada uno de los pasajeros que se dirigían, sigilosos como sombras, hacia la estación de servicio. Seguí sus pasos y me adentré en un salón inmenso. Temí que el umbral de la puerta fuera una máquina del tiempo.

El salón estaba lleno de vida, los  clientes charlaban de manera animada con los camareros del local. Las máquinas de juego, repartidas por toda la estancia, intentaban captar la atención de los presentes con luces de todos los colores y sonidos estridentes. Nada indicaba que en ese lugar fueran las cuatro de la madrugada. Pedí una botella de agua y salí a la calle. Cerca, unos bancos y mesas de madera apenas alumbrados por la luz de la luna me aguardaban con la tranquilidad que necesitaba. Tomé asiento y miré al horizonte, no había nada. Giré la cabeza, a derecha y a izquierda y, nada, ni una sola luz artificial, nada reconocible en bastantes kilómetros a la redonda. Y allí, en medio de la nada, alejado de todas las fuerzas que, equilibradas, me atraen y repelen como imanes, sentí esa extraña sensación de paz. (...)

Nerea

Óscar Aranda Sánchez

miércoles, 15 de julio de 2015

Nerea

"Me vi obligado a pensar que mi vida tenía menos importancia de la que sentí... y, simplemente, me senté a verla pasar".

Darío

sábado, 13 de junio de 2015

Trenes encontrados

Lo supe desde el mismo momento que tomó asiento. Fue esa mirada, inconfundible, la que me reveló su presencia.

Se sentó enfrente en el mismo momento que el vagón cerraba sus puertas. Los nervios deberían haberse apoderado de mí pero, lejos de eso; sentí, una vez más, esa inmensa sensación de paz. Ella no me reconoció, impedí que lo hiciera.  

Habían pasado 30 años desde aquel día en el que ambos fuimos Trenes Perdidos que se cruzaron en sentido contrario. Por unos minutos, no más de tres estaciones, volvimos a ser lo que realmente somos: trenes encontrados.

viernes, 20 de marzo de 2015

Nerea

Y, ahora sí, os presento a Nerea. Ella es alguien muy especial para mí. Poco a poco la iréis conociendo. Me está haciendo perder la cabeza, pero sé que merecerá la pena.

NEREA:

Lo sé todo sobre ti. Hoy cumplo 22 años, cuatro meses y un día, exactamente la edad con la que te marchaste; la edad que he cumplido gracias a ti.

Nerea Mateo, 17 de octubre de 2014.

La primera página de un diario:

Descubrí su diario por casualidad, en uno de esos veranos de incontables lunas llenas, sábanas mojadas y secretos al oído sobre sillas de esparto. ¿Por qué mamá nunca me habló de él? Entre ella y yo nunca hubo secretos. Un nombre, junto a un apellido, ocupaban por completo la primera página del diario: Darío Taci… Me descubrí a mí misma pronunciando varias veces esas dos palabras. Quizás fuera su sonoridad, pero lo cierto es que un escalofrío recorrió mi cuerpo desde el momento que mis ojos se posaron sobre estas dos palabras juntas, una tras otra, ordenadas de ese modo. Algo me hizo presagiar que ese nombre, Darío, no saldría con facilidad de mi cabeza. Tendría que pasar tiempo, mucho tiempo desde aquel primer encuentro, para comprender que aquel nombre me arrastraría a la pena que emana del lugar en el que se secan las lágrimas. Tendrían que caer sobre mis manos muchas palabras para descubrir: la Belleza.

Óscar Aranda Sánchez

La princesa que no podía soñar


LA PRINCESA QUE NO PODÍA SOÑAR

Había una vez una princesa que no podía soñar. Se llamaba Eveleen y todos los que se acercaban a ella coincidían en describirla como una luz resplandeciente. Era bella, hermosa y tenía, además, una sonrisa golosa. Sus cabellos, del color del fuego, eran largos y ondulados. Sus ojos, como las noches oscuras, brillaban como estrellas. Vivía en un Castillo, en lo alto de una montaña. Sus torres eran tan altas que el cielo parecían tocar. Eveleen vivía rodeada de todo lo que siempre quiso tener. En su mesa nunca faltaron los dulces más sabrosos: nubes de algodón, moras con sabor a chocolate y naranja rellenas de zumo de limón y así, todos los manjares que hubiera sobre la tierra. Desde todos los rincones del planeta le llegaban los vestidos más lujosos, los tejidos más suaves y las joyas más hermosas.  Eveleen sabía cantar y a todos deleitaba con su voz angelical. Sus papás, los reyes, la adoraban y siempre que la veían se miraban el uno al otro con orgullo. Eveleen era feliz, pero algo la atormentaba: no podía soñar.

Cada mañana, Eveleen escuchaba a la gente del castillo hablar de sus sueños. No podía dejar de pensar en ello. En Adela, la cocinera, a la que un día escuchó hablar de un sueño en el que el mundo era un gran bizcocho y los mares y los ríos eran de chocolate. Los árboles, enormes chupa chups y sus frutos caramelos de todos los colores y sabores. Un mundo ideal, decía, para alguien como ella. Todo el que quisiera podía pegar un buen mordisco, aseguraba Adela. Eveleen también recordaba siempre el sueño de Pablo, el hijo del guardián de la biblioteca, al que encantaban los libros. Una mañana le escuchó contar a su padre un sueño en el que un enorme ratón con unas grandes gafas de pasta le regaló un libro mágico. Todas sus páginas se escribían solas una y otra vez con sólo agitarlo. Siempre adivinaba la historia que quería escuchar y la escribía para él. Con un libro así, Pablo pensaba que sería feliz y se lo contaba a su padre con gran pasión. Y así, día tras día, Eveleen escuchaba nuevas historias, pero ella seguía sin ninguna que poder contar.

El día de su catorce cumpleaños se organizó una gran fiesta, a la que fueron invitados  los príncipes y princesas de todo el reino. Todos ellos acudieron con suculentos regalos para Eveleen: carrozas con caballos de largas crines blancas, exóticos instrumentos musicales, bibliotecas enteras de libros, collares, pendientes, pulseras y, hasta un anillo de oro blanco que un joven, el más apuesto de todos cuantos acudieron a la fiesta, había tallado para ella. Eveleen se sentía halagada y a todos mostraba su agradecimiento con su golosa sonrisa. Fue una gran fiesta, amenizada por los músicos de mayor prestigio de todo el reino. Fue un día inolvidable para Eveleen. Al llegar la noche, el cansancio se apoderó de ella. Se despidió uno a uno de todos sus invitados y corrió hasta su dormitorio. Preparó su cama con ansia y se adentró entre sus mantas. Estaba convencida de que esa noche soñaría. Eveleen se dejó vencer por el sueño y durmió plácidamente hasta bien avanzado el día siguiente. Al despertar, abrió los ojos e intentó recordar, pero no tardó en darse cuenta de que había sido un sueño vacío. Eveleen no había soñado.


Continuará... lo prometo, en cuanto conozca el final...

Óscar Aranda Sánchez

Vivimos para ejercer la vida


Para continuar, os dejo una frase de alguien a quien considero un genio, Antonio Vega:

No concibo una existencia mediocre, una existencia a medias, o sea... Existimos porque tenemos una misión muy clara que es la de ejercer la vida.
Antonio Vega.

Buscando la belleza

Tal vez fuera captando ésta u otras imágenes similares como, sin darme cuenta, comencé mi particular búsqueda de belleza constante. En aquel momento, hace unos veinte años, no fui consciente de lo que descubrí hace poco más de tres. Ese era el motivo que, sin embargo, había motivado lo que ahora soy y lo que espero continuar siendo: un rastreador de belleza en todas y cada una de sus formas que, al final, se resumen en una. El objetivo de este espacio es compartir con todos los que hasta aquí habéis llegado mi lado más íntimo y personal. Gracias, de antemano.

Óscar Aranda Sánchez