viernes, 20 de marzo de 2015

La princesa que no podía soñar


LA PRINCESA QUE NO PODÍA SOÑAR

Había una vez una princesa que no podía soñar. Se llamaba Eveleen y todos los que se acercaban a ella coincidían en describirla como una luz resplandeciente. Era bella, hermosa y tenía, además, una sonrisa golosa. Sus cabellos, del color del fuego, eran largos y ondulados. Sus ojos, como las noches oscuras, brillaban como estrellas. Vivía en un Castillo, en lo alto de una montaña. Sus torres eran tan altas que el cielo parecían tocar. Eveleen vivía rodeada de todo lo que siempre quiso tener. En su mesa nunca faltaron los dulces más sabrosos: nubes de algodón, moras con sabor a chocolate y naranja rellenas de zumo de limón y así, todos los manjares que hubiera sobre la tierra. Desde todos los rincones del planeta le llegaban los vestidos más lujosos, los tejidos más suaves y las joyas más hermosas.  Eveleen sabía cantar y a todos deleitaba con su voz angelical. Sus papás, los reyes, la adoraban y siempre que la veían se miraban el uno al otro con orgullo. Eveleen era feliz, pero algo la atormentaba: no podía soñar.

Cada mañana, Eveleen escuchaba a la gente del castillo hablar de sus sueños. No podía dejar de pensar en ello. En Adela, la cocinera, a la que un día escuchó hablar de un sueño en el que el mundo era un gran bizcocho y los mares y los ríos eran de chocolate. Los árboles, enormes chupa chups y sus frutos caramelos de todos los colores y sabores. Un mundo ideal, decía, para alguien como ella. Todo el que quisiera podía pegar un buen mordisco, aseguraba Adela. Eveleen también recordaba siempre el sueño de Pablo, el hijo del guardián de la biblioteca, al que encantaban los libros. Una mañana le escuchó contar a su padre un sueño en el que un enorme ratón con unas grandes gafas de pasta le regaló un libro mágico. Todas sus páginas se escribían solas una y otra vez con sólo agitarlo. Siempre adivinaba la historia que quería escuchar y la escribía para él. Con un libro así, Pablo pensaba que sería feliz y se lo contaba a su padre con gran pasión. Y así, día tras día, Eveleen escuchaba nuevas historias, pero ella seguía sin ninguna que poder contar.

El día de su catorce cumpleaños se organizó una gran fiesta, a la que fueron invitados  los príncipes y princesas de todo el reino. Todos ellos acudieron con suculentos regalos para Eveleen: carrozas con caballos de largas crines blancas, exóticos instrumentos musicales, bibliotecas enteras de libros, collares, pendientes, pulseras y, hasta un anillo de oro blanco que un joven, el más apuesto de todos cuantos acudieron a la fiesta, había tallado para ella. Eveleen se sentía halagada y a todos mostraba su agradecimiento con su golosa sonrisa. Fue una gran fiesta, amenizada por los músicos de mayor prestigio de todo el reino. Fue un día inolvidable para Eveleen. Al llegar la noche, el cansancio se apoderó de ella. Se despidió uno a uno de todos sus invitados y corrió hasta su dormitorio. Preparó su cama con ansia y se adentró entre sus mantas. Estaba convencida de que esa noche soñaría. Eveleen se dejó vencer por el sueño y durmió plácidamente hasta bien avanzado el día siguiente. Al despertar, abrió los ojos e intentó recordar, pero no tardó en darse cuenta de que había sido un sueño vacío. Eveleen no había soñado.


Continuará... lo prometo, en cuanto conozca el final...

Óscar Aranda Sánchez

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